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Putumayo: ¿civilizar la selva o selvatizar la civilización?

  • 20 ago 2024
  • 5 Min. de lectura

La distancia entre BogotĆ” y Putumayo es aproximadamente 600 kilómetros, poco mĆ”s de la mitad de la que separa a la capital del paĆ­s de ciudades como Barranquilla o Cartagena. Sin embargo, desde el centro de Colombia, este departamento andino-amazónico suele imaginarse como un ā€œterritorio remoto y desconocidoā€. Esta percepción ha sido una constante desde tiempos coloniales y, en muchos sentidos, ha determinado no sólo la forma en que este departamento ha sido imaginado y representado, sino tambiĆ©n, las maneras de gobernarlo.Ā 

Para los espaƱoles, la cordillera de los Andes, puerta de acceso a la Amazonia, constituyó una barrera fĆ­sica y simbólica que separaba ā€œla civilización de la barbarieā€. Las incursiones coloniales fueron intermitentes y se limitaron a expediciones fallidas en bĆŗsqueda de El Dorado, unas pocas encomiendas, y pueblos de misión que eran con frecuencia abandonados tras ataques de los indĆ­genas.Ā 

El fin de la colonia significó la transición a un nuevo rĆ©gimen polĆ­tico, pero la relación entre el centro y sus mĆ”rgenes continuó en esencia siendo la misma. El Putumayo –entonces perteneciente al extenso Territorio del CaquetÔ– fue gobernando desde mediados del siglo XIX hasta 1991 bajo la figura de los ā€œTerritorios Nacionalesā€. Como afirma Simón Uribe, investigador y profesor de la Universidad del Rosario, esta figura se tradujo en un ā€œrĆ©gimen de excepción constitucional que permitĆ­a al gobierno nacional intervenir a su antojo en las regiones perifĆ©ricas, con la justificación de que estaban pobladas por ā€˜salvajesā€™ā€. AsĆ­, permaneció la imagen del Putumayo como un territorio de riquezas inagotables e inexplotadas. Esta visión conjunta de abundancia y salvajismo promovió y legitimó un sinfĆ­n de violencias extractivas en el departamento, cuyo episodio mĆ”s dramĆ”tico fue la bonanza cauchera de inicios del siglo XX.

En esa misma Ć©poca, y en parte para mitigar la violencia brutal de caucheros contra indĆ­genas, el gobierno delegó la administración del Putumayo a las misiones religiosas capuchinas. Durante el siguiente medio siglo, los capuchinos se convirtieron en la presencia mĆ”s visible del estado: abrieron trochas y caminos, fundaron pueblos de colonos, construyeron escuelas e internados, lucharon contra la desidia del gobierno nacional y se dieron a la tarea de ā€˜reducir’ a los indĆ­genas a la vida civilizada.Ā 

El legado misionero distó mucho de su promesa. La colonización ā€˜blanca’ de la región significó para los pueblos indĆ­genas y afro el despojo sistemĆ”tico de su territorio. Para los colonos, en su mayorĆ­a campesinos pobres que venĆ­an de otras partes del paĆ­s, el sueƱo de ā€œhacerse una vida mejorā€ se frustró por la carencia de inversiones estatales, por las duras condiciones de la vida en la selva, y por la consolidación de desigualdades.

Desde fines la década de los 70s, muchos de esos colonos vieron en la coca la única alternativa económica viable para sobrevivir. Inició entonces un nuevo ciclo de violencia que sigue vigente, y que convirtió al Putumayo en un epicentro del conflicto armado. 

A las desigualdades y costos humanos y sociales del conflicto hay que sumar su impacto directo e indirecto en la destrucción de la selva. Un proceso que en los últimos años se ha expresado en un crecimiento dramÔtico en la deforestación. 

Para los putumayenses, fenómenos como la deforestación reflejan una relación histórica de desigualdad entre su territorio y el centro del paĆ­s. Como afirma Amanda Camilo, defensora de Derechos Humanos del municipio de Puerto Caicedo, el Putumayo ā€œes un territorio que se trata diferente, pero de manera negativa, en el sentido de que dĆ­a a dĆ­a muchas de las intervenciones del Estado o de las empresas, han sido desde una perspectiva del saqueoā€.Ā 

En la misma lĆ­nea, Jorge Luis GuzmĆ”n, quien lidera desde la Fundación Itarka iniciativas de conservación y desarrollo territorial sostenible en el municipio de Puerto GuzmĆ”n, enfatiza que uno de los problemas crĆ­ticos en la región es que ā€œhabitamos la Amazonia sin sentirnos parte de ella. La vemos como fuente de recursos para explotar, como selva a civilizar con ganaderĆ­as y agriculturasā€.Ā 

De civilizar la selva a selvatizar la civilización

Excepto para ā€œlos dueƱosā€ de las sucesivas misiones y bonanzas que han llegado al Putumayo, el evangelio de ā€œcivilizar la selvaā€ solo ha traĆ­do pobreza y destrucción. En palabras de Seider Calderón, artista y gestor social del municipio de Valle del Guamuez, a los efectos sociales de estas bonanzas ā€œhay que sumar el sufrimiento de la fauna y la floraā€. La selva amazónica es hoy tanto o mĆ”s pobre que quienes han pretendido conquistarla, en un juego cĆ­clico donde todos ponen y todos pierden. Pierde el conquistador, pierde la selva, pierde la Tierra.

Surge entonces la pregunta Āæes evitable esta procesión hacia la extinción? Quienes apuramos este diĆ”logo desde Putumayo dirĆ­amos que sĆ­. Que es posible transformar la tóxica relación entre la ā€œcivilizaciónā€ y la selva amazónica. Y no como promesa lejana y posapocalĆ­ptica, sino como una realidad que se puede tejer desde el territorio.Ā 

Esta transforma-acción comienza por renunciar al antagonismo del ser humano con la naturaleza. Por sepultar la concepción de las selvas como tierras por conquistar. Por resucitar la concepción ancestral, cada vez mĆ”s confirmada por las ciencias, de que el destino humano, desde sus orĆ­genes, estĆ” profundamente enlazado con la suerte de las selvas tropicales. Por restaurar y reafirmar la creencia de que ā€œsalvar la selvaā€ equivale a salvar a nuestra especie —y a las demĆ”s— de la catĆ”strofe climĆ”tica y espiritual que cobra fuerza dĆ­a a dĆ­a.

Por esto vemos la oportunidad de ā€œsalvarnos con la selvaā€ en los vientos que recorren el planeta abogando por su protección. Vemos la oportunidad de ā€œreconciliarnos con la selvaā€ cuando gobiernos convocan a las comunidades locales a repararla y conservarla a travĆ©s de un reconocimiento justo.Ā 

Vemos la oportunidad tambiĆ©n de ā€œcultivarnos con la selvaā€ cuando las familias emprenden, por cuenta propia, acciones de largo aliento para rehabilitar cocales extintos y potreros deshauciados cultivando especies nativas. Cuando las familias se asocian en sistemas productivos agroforestales que previenen, reparan y mitigan el impacto de los monocultivos de uso ilĆ­cito y lĆ­cito. Cuando ex-combatientes de las Farc-EP y las comunidades campesinas, negras e indĆ­genas que sufrieron su control territorial, cooperan para recuperar tierras degradadas apostĆ”ndole al desarrollo local.Ā 

Y por Ćŗltimo, vemos la oportunidad de ā€œculturizarnos con la selvaā€ cuando comunidades indĆ­genas y campesinas reconstruyen su memoria y comparten sus saberes para liberar y proteger a la Madre Selva. Cuando colectivos femeninos y juveniles documentan, interpretan y divulgan estas memorias y saberes a travĆ©s de la danza, el muralismo, lo audiovisual, lo sonoro y otras formas de arte.Ā 

Nos queda claro que materializar estas oportunidades requiere, de las sociedades y estados del mundo, abjurarĀ de ā€œcivilizar la selvaā€ para predicar, y practicar como nunca en la historia, un renovado ā€œevangelio de la selvaciónā€. De esta ā€œBuena Nuevaā€, que significa ā€œselvatizar la civilizaciónā€, depende el futuro de la Tierra.Ā 

Para invitarnos a conectar con el Putumayo, sus problemas y potencialidades, Seider nos comparten la canción ā€œEl Placerā€. ConócelaĀ aquĆ­.

Este artículo hace parte de una serie de 32 columnas que exploran la desigualdad en los 32 departamentos de Colombia. Los escritos son el resultado de un proceso de diÔlogo entre académicos, artistas y activistas de cada rincón de nuestro país. Para conocer mÔs sobre las publicaciones semanales del proyecto DiÔlogos Territoriales sobre Desigualdad y sobre nuestro centro de investigación comunitaria, síguenos en IG @reimaginemos.colombia o X @reimaginemos.

Coautores: Amanda Camilo; defensora de Derechos Humanos del municipio de Puerto Caicedo. Jorge Luis GuzmÔn, Gestor de proyectos de desarrollo territorial y cultural del Putumayo; Simón Uribe, Investigador y Profesor de la Universidad del Rosario; Seider Calderón, artista y gestor social del municipio de Valle del Guamuez. 


Editora: @Allison_Benson_. Investigadora y Directora de Reimaginemos



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