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¿La maldición en La Guajira? Desigualdad Histórica y Nuevas Oportunidades

Se dice y se repite que La Guajira es el segundo departamento más empobrecido en Colombia. Que 8 de cada 10 Wayuus viven en la pobreza extrema. Que no hay agua, ni oportunidades. Que hay hambre, carbón y corrupción. Pero para entender estas desigualdades, y, sobre todo, las soluciones que existen para transformarlas, hay que pensar en La Guajira desde su historia, su territorio y sus comunidades. Y muy importante, hay que mirarla desde sus colores y resistencias, desde el tejido que une a los indígenas y a los afros; desde la Sierra y desde el desierto; y desde las posibilidades de cambio. 


Las realidades que vive hoy La Guajira son el resultado de un proceso histórico de marginalización. Basta recordar que hasta los años 70s, no había vías terrestres que conectaran al departamento con el resto del país. De esta marginalización surge no solo el desconocimiento, sino también el desinterés nacional por La Guajira. Como lo plantea Jenny Ortiz, investigadora del CINEP, “pareciera que en Colombia hayamos destinado a La Guajira a ser una zona de extracción de recursos, y más que eso, a ser una zona de sacrificio”. Pareciéramos pues, como colombianos, aceptar que se sacrifique a la naturaleza y a las comunidades ancestrales guajiras, a cambio de dinero y de generación de energía. Estas ideas son el reflejo del racismo estructural y del racismo ambiental que persiste en Colombia.


La indiferencia hacia La Guajira lleva también a que se decreten soluciones, pero no se implementen. Un ejemplo es el Auto 004 de 2009, a través del cual se reconoce el riesgo de exterminio físico y cultural al que se enfrenta el pueblo Wayuu a causa del conflicto armado y de los altos impactos socioambientales que han traído, entre otros, las empresas carboneras. El riesgo de exterminio sigue vigente, y ahora se enfrenta a nuevos proyectos económicos traídos desde el centro o desde el extranjero. Estos proyectos vienen buscando las tierras, los vientos, temperaturas y las costas de La Guajira para, a partir de ellos, generar energía de fuentes convencionales (carbón, petróleo y gas), no convencionales (solar y eólica) y extremas (fracking, gas en mantos de carbón, hidrógeno). Y en efecto, se ha generado energía (el sector mineroenergético representa el 60% del PIB del departamento), pero la energía no ha traído desarrollo, sino acaparamiento de tierras, transformación de medios de vida ancestrales, impactos medioambientales, y vulneración de derechos. 


Un ejemplo de esto es la crisis del agua. Si bien hay territorios de La Guajira donde pasan años sin que caiga una gota de lluvia, también es cierto, que ríos como el Ranchería, se han usado para beneficiar a los cultivos de palma cercanos y no a la comunidad. Es cierto a su vez que la minería ha secado y contaminado los arroyos que eran fuente de vida para este departamento. 


Lo que queda, es desigualdad. Desigualdad que se ve en los más de 5.000 niños y niñas Wayuu han muerto por hambre y sed. En las 25 comunidades que han sido desplazadas por la minería de carbón. En cientos de escuelas cuyos techos se caen por la ausencia de inversión estatal. En el bosque seco tropical que está a punto de desaparecer. Y en los rostros de mujeres y hombres que durante décadas han denunciado abusos y violencias, y que han sido silenciados. 


Las soluciones


Las preocupantes realidades no deben nublar las posibilidades de cambio. Una primera salida tiene que ver con la justicia. No solamente la justicia que se necesita para iniciar procesos de investigación frente a la red de corrupción que saquea al departamento con complicidad del resto del país; sino también, justicia en términos de construir escenarios de derechos y de paz. Un ejemplo es hacer litigios ambientales y con enfoque de género.


Otro paso crucial que se debe dar es la intervención estatal coordinada para garantizar servicios mínimos, y en especial, el agua. Como lo señala Alexis Carabalí, investigador de la Universidad de La Guajira, “el agua es un satisfactor sinérgico (es decir, genera sinergias) … porque sobre esa base es que se puede pensar en las demás soluciones”. Sin agua no hay emprendimientos, ni alimentos, ni salud. 


Un tercer elemento de las soluciones es tejer voces y fuerzas entre las organizaciones sociales. Pues a pesar de las amenazas y desigualdades, hay líderesas, líderes y organizaciones que luchan de diversas formas para dignificar la vida en este territorio. Defensores del agua, como Luis Misael Socarrás de la organización Fuerza Mujeres Wayuu nos recuerda que “muchos seguimos en esta lucha. Honrando a nuestros antepasados y porque no creemos que podamos dejarles a nuestros hijos un territorio masacrado como está”.  


Las resistencias que existen y que se necesitan no vienen solo desde los liderazgos, sino también, desde el día a día de las y los guajiros que se quedan en su territorio construyendo oportunidades. Así lo hacen los pescadores que se enfrentan al océano para seducir sus presas. Los pastores que mueven sus rebaños en busca de agua y pastos. Las mujeres y artesanos que impregnan del color guajiro sus mantas, mochilas y chinchorros.  


Finalmente, las transformaciones y la construcción de equidad deben pasar por la empatía, la solidaridad, la compasión. Como colombianos no podemos seguir pensando que el problema de sequía, de desnutrición infantil o de contaminación ambiental son problemas de La Guajira. Lo que ocurre en la Guajira nos ocurre a todos los colombianos.


Por eso, debemos avanzar en el reto colectivo de transformar las desigualdades en este departamento dejado atrás. Eso sí, recordando que, como lo dice Fabrina Acosta, feminista, escritora e investigadora de La Guajira “la violencia no se puede enfrentar con violencia. Necesitamos resistencia creativa. Necesitamos del poder de la palabra, de la poesía, de los compositores, la lírica, la música, los tejidos”. Como muestra de ello, Fabrina nos presenta una video composición que nos invita a ver a La Guajira con los ojos de la esperanza y del cambio posible. Conócela aquí


Este artículo hace parte de una serie de 32 columnas que exploran la desigualdad en los 32 departamentos de Colombia. Los escritos son el resultado de un proceso de diálogo entre académicos, artistas y activistas de cada rincón de nuestro país. Para conocer más sobre las publicaciones semanales del proyecto Diálogos Territoriales sobre Desigualdad y sobre nuestro centro de investigación comunitaria, síguenos en IG @reimaginemos.colombia o X @reimaginemos.


Coautores: Jenny Paola Ortiz, Investigadora del CINEP, Alexis Carabalí, Investigador, Universidad de la Guajira; Fabrina Acosta, Feminista, investigadora y escritora de La Guajira; Luis Misael Socarras, investigador y realizador.


Editora: @Allison_Benson_. Investigadora y Directora de Reimaginemos

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