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Cauca: racismo, violencias y desigualdades

El Cauca es un departamento marcado por las continuidades de las heridas coloniales y las cicatrices del conflicto armado interno. Popayán, su capital, fue un importante centro de poder colonial durante la invasión española y sigue siendo hoy un lugar de conflictos entre las élites, actores armados y los pueblos afrocolombianos, indígenas y campesinos. Disputas y desigualdades que se amplían por la estructura de su economía: una economía minero-energética extractivista, de monocultivos, y de siembra, producción y comercialización de cultivos de uso ilícitos. Esta compleja realidad ha desencadenado en violencia histórica. Asesinatos, amenazas y desplazamientos continuos que agobian a las comunidades racializadas como no blancas, y que son evidencia de un modelo de democracia liberal multicultural fallido.


Esta realidad es inseparable de los efectos producidos por la colonización española. Durante la Colonia se dio una acumulación racializada del capital. Las familias esclavistas caucanas acumularon capital a través del comercio de la trata de esclavos, la economía de hacienda y la minera. A estas familias, que incluyen a los Mosquera, Arboleda y Valencia, les rinde hoy homenaje la ciudad de Popayán, entre otros, ofreciendo visitas a sus casas-museo. En cambio, el relato de los esclavizados, expropiados durante siglos de su humanidad y de fuerza de trabajo, desaparece de los relatos oficiales. Y, aunque la esclavitud se abolió en 1852, los derechos de ciudadanía y el acceso a la tierra de las comunidades afrocolombianas siguieron y continúan estando en las manos de una minoría blanca y criolla. Esto evidencia cómo la estela de la colonialidad sigue vigente en Cauca (y en muchos otros departamentos), haciéndose evidente en realidades como el monopolio de la tierra y el acceso limitado a derechos fundamentales y esenciales de las mayorías afrocolombianas, indígenas y campesinas que habitan el departamento.


Los años 90s trajeron nuevos desafíos a la región. Por un lado, la apertura económica dio pie a la llegada de diversas multinacionales y capitales que profundizaron el racismo estructural y las brechas de desigualdad, causando además graves problemas sociales y ambientales. Por otro lado, el auge de las drogas y la expansión de grupos armados en la década de los 90s hizo que el Cauca se convirtiera en uno de los departamentos más afectados por el conflicto armado, con cifras alarmantes en materia de violaciones a los Derechos Humanos.


Florecer desde la violencia, el racismo y la desigualdad


No sería justo reducir al departamento del Cauca a las desiguales y violentas realidades que han marcado su historia. El Cauca es también un territorio de resistencia, donde florece la vida, el poder de lo colectivo, y la sabiduría ancestral. Un avance que ha sido fundamental para las poblaciones del Cauca ha sido la agenda multicultural que introdujo la Constitución de 1991 e incorporó derechos individuales y colectivos a los pueblos étnicos. Los cambios políticos y sociales que trajo la Constitución también han fortalecido a los movimientos de base caucanos, transformándolos en importantes actores políticos en el departamento, y ejerciendo influencia en todo el país. Movimientos indígenas y afros como el Consejo Regional Indígena del Cauca (CRIC) y el Proceso de Comunidades Negras (PCN), han logrado establecerse como importantes plataformas políticas de movilización, a través de las cuales se ha logrado reconfigurar la relación con el Estado, luchando incesantemente por la defensa de los derechos fundamentales. Dentro de estas organizaciones se han forjado ideas progresistas en temas de educación, convivencia, desarrollo, y hasta seguridad (la Guardia Indígena es un ejemplo). La organización colectiva también ha florecido en forma de cooperativas y asociaciones para generar ingresos y oportunidades de comercialización, sobre todo, a pequeños productores.


A pesar del arduo trabajo de estas organizaciones, no se ha logrado aún completar la tarea de desmantelar las estructuras de opresión y dominación ancladas en las estructuras sociales, económicas y políticas del Cauca (y de Colombia). Como lo señala Milena Mazabel, abogada indígenas caucana y defensora de los derechos humanos “Cauca ha sido ejemplo en Colombia y en Latino América como un pueblo de resistencia y de lucha, pero no ha logrado aún generar transformaciones”. En la práctica, la movilización social se ha visto limitada por la incapacidad del Estado colombiano de cumplir con sus funciones, y por la violencia incesante contra líderes sociales. Así concluye Mónica Solis, cantautora y gestora social del norte del Cauca “aunque la comunidad pone mucho de su parte para permanecer en el territorio, a veces nos sentimos luchando contra la corriente, contra esos hilos invisibles que no nos dejan avanzar”.


Esto evidencia la urgencia de continuar fortaleciendo y protegiendo la organización social, y también de potenciar los modelos de la economía cooperativa, procesos que pueden ser transformadores en contextos con un tejido social tan fuerte como el del Cauca. El Estado no puede seguir pretendiendo garantizar los derechos y la reparación a las minorías étnicas únicamente a través de reglamentaciones escritas; es necesario incluir a los movimientos sociales en la materialización de estas agendas. Avanzar en este frente requiere también fortalecer y respetar la autonomía de las comunidades, y dejar de ver a las entidades territoriales indígenas y a los territorios colectivos afrocolombianos, solo como un objeto de la política de seguridad.


El Cauca y sus comunidades necesitan también urgentemente medidas para la protección al medio ambiente, y una agenda de desarrollo alternativo que potencie las economías propias, que no sea acumulativa sino solidaria, y que no sea extractiva, sino que ponga como prioridad la armonía entre el territorio, las personas y la vida. El desarrollo alternativo y la construcción de equidad tienen que ir, necesariamente, de la mano de la construcción de paz. Territorios como el Cauca siguen pidiendo al Estado y al país, que se desmantele el conflicto armado, y que esto se hada por la vía del diálogo, poniendo a operar en la práctica conceptos como el de la paz total.


Como un aporte de resistencia y reimaginación desde el Cauca, Mónica Solis nos comparte el poema Cauca Desigual, conócelo acá.


Este escrito hace parte de una serie de 32 columnas que exploran la desigualdad en los 32 departamentos de Colombia. Las columnas son el resultado de un proceso de diálogo entre académicos, artistas y activistas de cada rincón de nuestro país. Para conocer más sobre las publicaciones semanales del proyecto Diálogos Territoriales sobre Desigualdad y sobre nuestro centro de investigación comunitaria, síguenos en IG @reimaginemos.colombia o Twitter @reimaginemos.


Coautores: Amanda Hurtado, Investigadora caucana y directora del Observatorio de Discriminación Racial; Felipe Fernández, Investigador Universidad de Berlín; Milena Mazabel, abogada indígena y defensora de derechos humanos;Mónica Solis, cantautora y gestora social y cultural del norte del Cauca.


Editora: @Allison_Benson_. Investigadora y Directora de Reimaginemos



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