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Desigualdades en la Alimentación

  • 28 ene 2024
  • 6 Min. de lectura

Desigualdades en la alimentación

ā€œĀæQuĆ© comiste ayer?ā€ La respuesta que demos a esta pregunta con seguridad variarĆ” mucho entre personas, y dependerĆ”, en buena medida, de aspectos como nuestro nivel de ingresos, lugar de residencia y acceso a educación. Algunas personas responderĆ­amos a esta pregunta pensando en el tipo de alimentos que consumimos, otros nos harĆ­amos una pregunta mĆ”s fundamental: Āæpude comer ayer? QuizĆ”s algunos pensarĆ­amos sobre quĆ© tan difĆ­cil fue elaborar la comida, si fue creada por un chef o recreada despuĆ©s de verla en YouTube. Probablemente menos personas reflexionarĆ­amos sobre aspectos como Āæcómo llegó este alimento a mi plato?, Āælo que comĆ­ me alimentó o solo me llenó?, Āælo que comĆ­ contamina el planeta?, ĀædesperdiciĆ© mi comida? Es necesario empezar a hacernos estas preguntas, pues comer es un acto diario que se relaciona con los modos de agricultura predominantes, y que tiene repercusiones sobre el medio ambiente, la justicia social, la salud pĆŗblica y la desigualdad.

Desigualdades invisibles

La capa visible de la desigualdad alimentaria es clara en nuestro paĆ­s, como lo menciona Juliana, ā€œel hambre, quiĆ©n tiene y quiĆ©n no tiene quĆ© comer, suelen ser temas presentes en la agenda pĆŗblica y mediĆ”ticaā€. No es para menos. SegĆŗn la encuesta Pulso Social del DANE, de casi 8 millones de encuestados, 2 millones afirmaron comer solo dos veces al dĆ­a, 179.000 solo una vez y 8.000 no tener quĆ© comer. Estas cifras empeoraron con la pandemia del Covid-19, resultado de los incrementos en pobreza.

La comida esconde, sin embargo, otras desigualdades que van mĆ”s allĆ” de los ingresos. Como lo resalta Juan Felipe ā€œla comida se produce de manera desigual, a travĆ©s de un profundo esfuerzo laboral, productivo, social y ambiental que se da en las zonas rurales, en las cuales existe una desigual distribución de la tierraā€. La desigualdad se traduce no solo en que una minorĆ­a de terratenientes acaparan la mayorĆ­a de la tierra, sino tambiĆ©n, en que la tierra que tiene aptitud para producción de alimentos estĆ” siendo destinada a otras actividades como la producción de agroindustria (palma, alimentos para animales, etc.). A estas desigualdades se suman las que enfrentan los campesinos al momento de vender sus productos, enfrentĆ”ndose a fluctuaciones de precios derivados del clima, a alzas en los precios de los insumos, a negociaciones con intermediarios, y a precios que no son suficientes para generar unos ingresos dignos.

Las desigualdades alimentarias no paran ahĆ­. ā€œLas formas de alimentación tambiĆ©n dependen del conocimiento de la genteā€ afirma Ɠscar, refiriĆ©ndose al conocimiento que tienen diferentes personas sobre quĆ© alimentos alimentan y cuĆ”les no. Bueno parte de los productos disponibles en las urbes y cabeceras municipales son, como lo plantea Michael Pollan, mĆ”s que alimentos, ā€œsustancias comestibles con aspecto alimenticioā€, es decir, productos de bajo precio procesados industrialmente con un bajĆ­simo contenido nutricional. Muchos compramos estos productos influenciados, ademĆ”s, por poderosos ejercicios de marketing.

Estas dinÔmicas, sumadas a vacíos en la educación sobre alimentación, se reflejan en la dieta característica colombiana: baja en consumo de frutas, hortalizas y verduras, fuentes de fibra, fuentes de micronutrientes y proteínas de alto valor biológico; en contraste con una alta ingesta de alimentos que aportan carbohidratos, grasas saturadas y trans, cereales refinados, azúcares añadidos y bebidas azucaradas. Mientras que en el Top 10 de los alimentos mÔs comprados por los colombianos se encuentren la salsa de tomate, el atún y la pasta, el 75,1% de la población no consume ni frutas ni verduras diariamente[1]. El resultado: uno de cada dos colombianos entre 18 a 64 años, estÔ con sobrepeso u obesidad[2].

Las desigualdades alimentarias se ven permeadas tambiĆ©n por aspectos culturales e históricos. Como lo menciona Silvia, retomando la historia de Jorge Orlando Melo sobre la cocina colombiana, las comunidades indĆ­genas antes de la colonia basaban su dieta en ā€œvegetales y frutas, y sus necesidades proteicas se suplĆ­an principalmente con leguminosasā€. Esta dieta se transformó cuando la colonización introdujo carnes, grasas y azĆŗcares, generando un proceso de mestizaje alimentario basado en costumbres espaƱolas, en detrimento de la riqueza nutricional existente y de la cultura autóctona.

Otra cara de las desigualdades alimentarias tiene que ver con las inmensas cantidades de alimentos que se desperdician (34% de la producción total)[3], al mismo tiempo que miles de personas no tienen qué comer. Lamentablemente, lo que mÔs se pierde son frutas y verduras, los mismos alimentos que nuestros cuerpos mÔs necesitan.

Al hablar de desigualdades, no podríamos dejar de mencionar otro aspecto, también poco visible pero dramÔtico: lo ambiental. Por ejemplo, el hecho que los métodos de agricultura convencional (sistemas intensivos de monocultivos con uso de pesticidas y abonos) han generado un círculo vicioso que enferma la biodiversidad de los suelos, el agua, las plantas, los animales y finalmente, a las personas. Solo una pequeña porción de la población, que siembra con prÔcticas agroecológicas o que tiene el suficiente poder adquisitivo y el suficiente acceso a información, logra acceder a alimentos orgÔnicos.

Reducir las desigualdades alimentarias con decisiones del dĆ­a a dĆ­a

ĀæSi la cosa es tan compleja, quĆ© podemos hacer? Anderson resalta que es esencial ā€œeducar alrededor de la comida y sus dinĆ”micas para generar concienciaā€. La academia, las empresas y las personas que trabajan en el mundo de la gastronomĆ­a, deberĆ­an asumir una responsabilidad con respecto al conocimiento que se infunde en la población (sobre todo en los niƱos) en materia de nutrición, sostenibilidad y desperdicio. Reconocer, revalorar y transmitir conocimiento sobre soberanĆ­a alimentaria, protección de semillas, saberes tradicionales, entre otros, es parte esencial de esta encrucijada.

La ciudadanĆ­a, afirma Juliana, debe tambiĆ©n ā€œejercer un rol mĆ”s crĆ­tico frente a los discursos de la alimentación, frente a lo que se recomienda comer y no comerā€. Asimismo, el voto y las demandas ciudadanas son esenciales para presionar para que, desde el Estado, se implementen mecanismos que garanticen un sistema alimentario que genere beneficios al grueso de la población, en tĆ©rminos de nutrición, protección del medio ambiente y generación de ingresos. Pese a avances como la reciente polĆ­tica de etiquetado de alimentos, en general, existe poca claridad y visibilidad sobre las polĆ­ticas del gobierno en temas alimentarios; por eso debemos hacernos y hacerle al gobierno mĆ”s preguntas como: ĀæDe quĆ© manera se ha priorizado la polĆ­tica de seguridad alimentaria en la agenda nacional? ĀæCuĆ”les son las restricciones a la producción, comercialización y mercadeo justo de alimentos? ĀæCómo se articula todo esto la polĆ­tica agraria, las polĆ­ticas culturales, las polĆ­ticas ambientales y las polĆ­ticas de salud pĆŗblica?

Par los que pueden hacerlo, también es posible actuar con decisiones diarias. Qué compramos y cómo lo compramos, es una forma de activismo. Con cada peso que gastamos en comida, enviamos un mensaje sobre la alimentación que deseamos y legitimamos, sobre los modelos de producción que defendemos, y sobre el valor social que damos a la comida.

La pregunta es ¿queremos realmente hablar sobre las implicaciones de lo que comemos? Si este bocado parece difícil de tragar, empecemos por soluciones sencillas: comamos mÔs frutas y verduras, ojalÔ libres de químicos, ojalÔ conociendo quién lo produce, y si es posible, que sea de origen local.

Contribuyendo a estas reflexiones, Silvia ha realizado una intervención artística que busca visibilizar los hÔbitos alimenticios de los colombianos y las desigualdades que éstos ocultan. Ilustraciones de comida cotidiana colombiana, aquello que preparamos en casa día a día, sin filtros, acompañadas de algunas preguntas que debemos hacernos para cómo comer mejor. Conócelas: Intervenciones

Este escrito hace parte de una serie de 30 columnas reflexionando sobre 30 diferentes formas de desigualdad en Colombia que publicamos semanalmente los lunes. Las columnas fueron escritas a partir de un proceso de diÔlogo entre 150 jóvenes académicos, artistas, activistas, víctimas y demÔs personas de diferentes perfiles y saberes. Este proyecto se llama Re-imaginemos, y es una carta abierta invitÔndonos a hablar, cuestionar y reimaginar las desigualdades.

SĆ­guenos en IG @reimaginemos.colombia o Twitter @reimaginemos para leer nuestras columnas semanales, oĆ­r nuestro podcast y conocer las piezas artĆ­sticas que elaboramos semana a semana.

Coautores: Juan Felipe SĆ”nchez, consultor de paz y sostenibilidad, y productor de cafĆ© orgĆ”nico; Ɠscar del Busto, chef de tradiciones culinarias de Cundinamarca; Juliana ZĆ”rate, politóloga nacida en Barranquilla y directora de MUCHO, mercado solidario, saludable y sostenible; Silvia Trujillo, diseƱadora e ilustradora bogotana; y Anderson Cancino, santandereano profesor y chef de gastronomĆ­a experimental y autóctona.

Editora: @Allison_Benson_; Ɓngela Serrano; Alejandro Lozano


[1] Encuesta Nacional Nutricional del ICBF, ENSIN.

[2] Encuesta Nacional Nutricional del ICBF, ENSIN

[3] Cifras del DNP. El 60,3% de alimentos se pierde en el proceso de producción, poscosecha y almacenamiento. Esto contrasta con lo que ocurre en países como EEUU, donde el desperdicio se da en los hogares, después de la compra del alimento.

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