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El Chocó: Entre la desigualdad y la resiliencia

La desigualdad en el Choco, al igual que en el resto de Colombia, responde en buena medida al orden colonial que dejó la expansión de Europa en las Américas. Las desiguales estructuras que se configuraron en nuestro país se siguen evidenciando hoy, sobre todo en regiones como el Chocó. Un departamento marcado por contrastes de abundancia y escasez, donde las vías de comunicación son pocas, y las necesidades básicas insatisfechas son muchas. Un departamento dejado atrás por el racismo y la pobreza, pero en el que resisten el territorio y la comunidad, luchando por sacar adelante su riqueza natural, ancestral y cultural.


Las expresiones de la desigualdad


Contrasta que el Chocó tenga más de 650 kilómetros de costa en el océano Pacífico y no tenga un puerto; mientras que el departamento del Atlántico, con 85 kilómetros de costa, sí cuenta con puerto marítimo y fluvial. Los chocoanos llevamos casi un siglo luchando por vías de acceso, no solo marítimas, sino también terrestres y fluviales. Las luchas sin éxito por la construcción de vías como Nóvita -Cartago o Ánimas -Nuquí evidencian que, pese a su ubicación estratégica, El Chocó no es una prioridad para la política de transporte nacional. Lo mismo evidencia el hecho que, pese a tener unos de los sistemas hidrográficos más abundantes del país, con los ríos Atrato, San Juan y Baudó, no se garantice el potencial de los ríos como medio de transporte y comercialización en la región.


Contrasta también que, con sus más de 9.000 mm de precipitación anual, ninguna de las poblaciones del Chocó cuente con disponibilidad de agua las 24 horas del día. Como lo dice Ana Luisa Ramírez, lideresa de Riosucio, “En la zona del Bajo Atrato tenemos mucha agua, porque estamos a orillas del río Atrato. Lo que no tenemos es el acceso al servicio de agua. La mayoría de los pueblos que están a orillas del río, no tienen agua, no tienen alcantarillado, no tienen cómo depositar la basura.” Estas realidades se evidencian en cifras que deberían alarmarnos a todos los colombianos, como que, el índice de Necesidades Básicas Insatisfechas (NBI) alcance el 65.4% en el Chocó, comparado con el 14.1% en el resto del país (Censo Nacional de Población y Vivienda, 2018).


La falta de servicios públicos y medios de transporte en el Chocó aumentan la falta de oportunidades. Incluso en Quibdó, el principal centro urbano y económico del departamento, la tasa de desempleo es de 26.2%, mientras que el promedio del país es del 10.4% (DANE, 2023). De esta falta de oportunidades se nutren las actividades ilícitas como el narcotráfico, pero también, las actividades extractivas. El caso de la minería del oro es un ejemplo de ello. Las dragas, las retroexcavadoras y el mercurio han generado riqueza material a otras regiones del país, al mundo, y a los grupos ilegales; mientras que al Chocó le han dejado pobreza, destrucción de ecosistemas naturales, enfermedades y conflictos sociales. Como lo comenta Diego Lucumí, investigador de La Universidad de Los Andes que investiga sobre el Chocó, en Colombia se ve al Chocó como unos “otros - que no están incorporados al Estado-Nación, que habitan unos territorios y que tienen unas riquezas, pero no para sus habitantes, sino para la lógica de la extracción”.


Ver a territorios y comunidades enteras bajo una lógica de “otredad” y extracción, alimenta, además, otras formas de estigmatización. Por ejemplo, el estigma de que la situación del Chocó obedece principalmente a la corrupción de sus dirigentes. Si bien la corrupción existe, esta situación no es exclusiva de este departamento, ni es la única responsable de su marginalidad, atraso, y abandono. Las causas son muchas, y las soluciones deben reconocer esto.


Superar la desigualdad desde y para el territorio


Aunque compleja, la situación de pobreza y desigualdad que vive el Chocó no es inamovible. Existen soluciones de corto, mediano y largo plazo que pueden ser efectivas, si consideran el legado de resistencia de las comunidades, y si se construyen sobre los potencialidades y riquezas del departamento, entre las que se destacan su gente, su cultura y su biodiversidad. Como lo señala Carmen Asprilla, investigadora de la Universidad Tecnológica del Chocó, “Sí, es verdad que las soluciones pueden ser complejas, pero se sabe cuáles son. Lo que falta es voluntad política y plata”.


Una de las soluciones que se conoce desde hace años, es retomar el proyecto de la “Acuapista del Pacífico”. Esta solución se ha planteado muchas veces como la clave para conectar a los pueblos del Litoral Pacífico y para hacer fluir el comercio, la salud, e incluso la seguridad a estos territorios. Pensarse la Acuapista, es reconocer que las soluciones para el Pacífico deben ser específicas a las realidades y necesidades de su geografía y su economía.


Las soluciones tienen que responder no solo a la geografía y economía, sino también a la cultura y los saberes propios del territorio. Por ejemplo, para mejorar la educación en el Chocó, es necesario partir de modelos educativos que generen apropiación y reproducción del conocimiento ancestral, y que se construyan a partir de los modelos que las comunidades mismas ya han desarrollado. Un caso exitoso que podría replicarse y expandirse es la propuesta etno-educativa Champalanca pedagógica, elaborada por comunidades de los municipios de Riosucio y Carmen del Darién.


El caso de la salud es similar. El modelo de salud de Chocó debe partir de las condiciones particulares del departamento. Esto implica articular las prácticas ancestrales y las respuestas comunitarias de salud, las cuáles, en muchos casos, han sido la única salud existente en el departamento. Proveer salud en un territorio como el Chocó, donde las poblaciones están dispersas y no existen vías, implica también pensarse mejor el rol de la telemedicina, y reconocer que, en algunos casos, se necesitarán helicópteros médicos.


Las soluciones a la desigualdad requieren pensarse no solo cómo garantizar lo que no hay, sino también, cómo aprovechar lo que hay. Por ejemplo, ¿cómo se puede aprovechar la biodiversidad del departamento a través del pago por servicios ambientales? Esto se refiere a mecanismos para remunerar la conservación y restauración de ecosistemas, la captura y retención de carbono, y la provisión de agua dulce. Si estas son las riquezas que tiene el Chocó, debemos avanzar en cómo, en vez de ser extraídas, éstas pueden ser preservadas y empleadas como una fuente de generación de ingresos para las comunidades. Ingresos, que además de proteger la riqueza natural, ofrezcan a una salida que no sean las economías ilegales y violentas.


Estas reflexiones evidencian que la construcción de equidad en el Chocó, como en el resto de Colombia, debe surgir del diálogo entre las comunidades y la institucionalidad local y nacional, debe conciliar población, territorio y sostenibilidad, y deben construirse reconociendo las particularidades de cada departamento.


Como un aporte a estas reflexiones, los invitamos a escuchar acá la sonata El Chocó en la Sombra. Compuesta por el músico y gestor cultural chocoano Leonidas Valencia, quien nos recuerda las “correrías sonoras de Chocoanos, con jolgorio en la mente y cuerpo, y con pena en el alma ante el desdén y las barreras limitantes que genera la sombra de un territorio que busca una luz de redención”.


Este escrito hace parte de una serie de 32 columnas que exploran la desigualdad en cada departamento de Colombia. Las columnas son el resultado de un proceso de diálogo entre académicos, artistas y activistas de cada rincón de nuestro país. Para conocer más sobre el proyecto Diálogos Territoriales sobre Desigualdad y nuestras publicaciones semanales, síguenos en IG @reimaginemos.colombia o Twitter @reimaginemos.


Coautores: Carmen Asprilla, Investigadora Universidad Tecnológica del Chocó; Diego Lucumí, investigador Universidad de Los Andes; Ana Luisa Ramírez, lideresa y promotora social del municipio de Rio Sucio; Leonidas Valencia, Músico, gestor cultural y director de la Banda Municipal de Quibdó San Francisco de Asís.

Editora: @Allison_Benson_. Investigadora y Directora de Reimaginemos



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